martes, 9 de mayo de 2017

Despacho de un náufrago #11

Lata flotando en la mar (David Blasco 2017)
Evaluaré qué es mejor ¿Lanzar cientos de latas a la mar depositarias de un mensaje cada una o arrojar una sola lata con cientos de mensajes en sus tripas?

Imagino a un humano observando la superficie marina forrada con mis latas, amontonadas unas sobre otras en un caos de chapa que asfixia las olas. Mientras se agitan por el influjo de las corrientes de la mar, chocan entre sí miles de ellas al tiempo emitiendo el estruendo del carillón de Dios. Imagino a ese humano, presa del pánico, corriendo tierra adentro como alma que lleva el diablo; en su carrera, tapa sus oídos para evitar el insufrible clin-clon-claaaan-ping-dong-tommmm del metal reverberando con sobre su cabeza. Así no hay manera de comunicarse ¿Cómo va a leer el mensaje que custodia cada lata? Es más, ¿cómo va a interesarse, siquiera, por el mensaje confinado en una sola lata? No, lo que necesito es una lata GIGANTE donde introducir todas las cortezas de árbol garabateadas con mis escritos.

Tengo un plan: soldar todas las chapas de las latas hasta hacerme con un recipiente de dimensión descomunal.


  • Paso 1. Despanzurrar las latas y aplanarlas a cantazo limpio.
  • Paso 2. Distribuirlas sobre la playa bajo el sol abrasador de esto que parece agosto. Nota mental: no dejar que llegue septiembre, hay que hacerlo ya.
  • Paso 3. Verter estratégicamente gotas de agua sobre el metal; actuarán como lupas multiplicando el efecto calorífico del despiadado estío.
  • Paso 4. Me daré cuenta de que el sol sobre el agua no logra fundir los trozos de metal entre sí, seré consciente de que la idea es absurda y, entonces…
  • Paso 5. … lanzaré varias de esas chapas oxidadas y ardientes a unos matorrales resecos para hacer arder la isla: toda la isla, con dos cojones.
  • Paso 6. El fuego inmenso trocará isla por forja.

Erigido sobre la playa el recipiente ya frío, podré guardar allí mensajes durante décadas para, finalmente, empujarlo a la mar en busca de un receptor. Lo tengo todo atado y bien atado*/**.


*Sí.

viernes, 5 de mayo de 2017

Despacho de un náufrago #10

Los espectros hambrientos, procedente de los rollos Gaki Zoshi (Versión de Kawamoto, finales del siglo XII. Museo Nacional de Tokio)

Cada día lanzo un mensaje al mar; muchos he arrojado, quizá sea verano ya. Ni llevo la cuenta de los días ni falta que hace, el tiempo no es más que un accidente astronómico: sólo importa la vida transcurrida. Aquí ha transcurrido mucha vida, más de la que corresponde a los meses que se hayan desgranado desde el naufragio.

Mi mensaje:

Is There Anybody Out There?

¿Hay alguien fuera de aquí?

Sin respuesta.

Vuestro silencio me ha librado de la humanidad, mi decisión de cercenar a Jaime me liberó del sexo, ahora mi convicción me ha librado del tiempo.

Cuando llegué a esta isla, ( ), sufrí miedo. Sufría por aferrarme a vosotros, la humanidad; sufría aferrado al tiempo que sentía transcurrir en soledad, sufría aferrado a mis necesidades básicas. Las hormigas no pueden besar, no tienen labios. A su insectividad no le atañe ese problema; no entienden de besos. Ellas son autómatas y se afanan en cumplir tareas como su condición ordena, de forma impensada, bajo el dictado mudo de unas instrucciones tatuadas en su código genético, no tienen que cavilar, no tienen que saber, hacen sin hacer nada. Quizá si una se percatara de su incapacidad para besar, entonces sería posible que le abrazara el desasosiego por aferrarse a lo doloroso de ese saber. He desaprendido todo hasta ser una hormiga: todo, menos escribir con astillas carbonizadas sobre corteza de árbol.

Soy un salvaje a jornada casi completa. Cuando no escribo, me trae sin cuidado la vida porque no sé qué es la muerte, ninguneo pasado y futuro porque sólo conozco lo que se ve, se oye, se huele, se saborea o se toca; soy incapaz de otear más allá de ese horizonte estéril de mar y cielo, así que ni os conozco ni me importáis; no soy feliz porque ignoro qué es la infelicidad, y no tengo miedo a perder la felicidad porque no sé qué es poseerla. Sin saberlo, soy feliz casi a jornada completa, y sólo lo sé cuando escribo.

lunes, 1 de mayo de 2017

Despacho de un náufrago #9

Die große Nacht im Eimer (Georg Baselitz 1938)
El beso

Me invitó a salir, y yo le dije: sí. Nunca me había aventurado más allá de los confines de aquella cueva lúgubre y dotada de la calidez de lo conocido, pero ya era mayor y, por primera vez, la libertad no me dio miedo. Allí, junto a una gran amapola me dijo: bésame. Nunca sentí tanto pavor porque, hasta ese momento, no me había dado cuenta de que las hormigas no tenemos labios.