domingo, 23 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #6

Butterflies (M.C. Escher 1950)
Tuve una reunión con toda la flora y fauna de la isla. Ahora me alimento de insectos, todo el día. Las plantas no son de fiar y llegué a un pacto de no agresión con el resto de animales. Representando a su especie, desde el principio los mosquitos no cumplieron.

Es laborioso juntar medio kilo de bichos para llenar el estómago. Lo más nutritivo son las lombrices de tierra (lo sé, no son insectos y yo tampoco cumplo representando a mi especie: es de esperar una represalia por su parte y, por eso, duermo ligero). Sin embargo, lo más duro no es pasar el día localizando termiteros, levantando piedras, escarbando la tierra, arrancando corteza de árbol, metiendo pajitas en agujeros… lo duro ha sido ir conociéndolos. 

Cuando estoy bien alimentado, enlato los de naturaleza rastrera mientras aguardo al hambre, pero al abrir las latas de pintura y verlos correteando en círculos, desesperados por alcanzar la libertad, me asalta el síndrome de Estocolmo. Son de una belleza compleja y delicada, supervivientes perfectos de los que mucho tengo que aprender aquí, y me niego ese conocimiento cada vez que les hinco el diente. Entonces observo embelesado como las gaviotas se atracan de pescado pútrido a pie de mar, o picotean con fruición una rata hinchada ya sin ojos y me doy cuenta: la perfección en la naturaleza está en esa forma de cerrar el círculo, en la interacción del carroñero con lo muerto, lo inánime entregándose a la vida sin sufrimiento de por medio. Cuando eso sucede, libero los insectos secuestrados y huyen despavoridos isla a dentro: el acto compensa mi hambre.

He intentado comer carroña, es una mierda.

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