martes, 18 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #5

Mi pie desnudo. (David Blasco 2005)
He conservado las pantuflas hasta hoy. Lo leí en algún manual de supervivencia, o creí leerlo: es importante no llevar los pies desprotegidos. Hoy ya puedo reconocerlo: caímos a la mar y sí, solté tu mano porque se me escapaba una de las pantuflas. Lo siento. Nena, debía recuperarla: eras o tú o la pantufla, el libro de supervivencia lo decía bien claro; qué coño, tú ni aparecías en ese libro para sobrevivir ¿entiendes?

Las dos primeras jornadas parecía que aguantaban el trote pero, no pasada ni una semana, el salitre había convertido su guata en una especie de cuero reseco que se descascarillaba a cachos. Luchando por tapar los agujeros, iba atando algas con forma de cinta alrededor del calzado. Progresivamente, cada pinrel ha ido presentando más alga y menos babucha. Ayer mi calzado consistía en unas suelas de goma amarradas a mis pies mediante ese pelo del mar que, por otra parte, corta la piel que da gusto. Hoy lo he mandado a tomar por culo.

Este mensaje servirá para informar de mi decisión: a partir de hoy, caminaré descalzo. Parece que atenta contra algunos cánones de la supervivencia, sin embargo no lo creo; durante cinco años, contra esos mismos preceptos parecían ir cosas como soltar tu mano, pero cielo, aquí me hallo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario