sábado, 15 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #3

Ideograma de la isla. El sol al fondo. (David Blasco 2003)

He bautizado la isla, se llama ( )*. En los mapamundi tendrá su nombre, quizá desde hace siglos; aquí me permito ser la medida de todas las cosas, y a mi ombligo se la suda que miles de millones de humanos puedan acceder a información veraz y pudieran llegar contrastar su dato probado con el mío: la isla se llama ( ), nadie ahora puede rebatirlo y, si alguien llegara a hacerlo implícitamente al nombrar esta tierra por su nombre legítimo, yo no podría saberlo, así que el tema está zanjado: ( ).

Llevo días pensando cómo he llegado a ( ). Lo evidente sería descargar toda la culpa en aquella tormenta violenta; creed que me tienta porque, en situación de supervivencia, es una forma de ahorrar energía. Sin embargo, no pienso delatarme -aún- como un minusválido mental, de modo que voy a intentar razonarlo evaluando la cadena de acontecimientos que me arrastraron a esta situación, a este lugar y a este momento. Nada tiene un principio, cualquier cosa puede significar un principio. Reconozco que esta última frase me tiene jodido, porque destila mucha fuerza y no quiero quitarla del texto; el problema es que significa que sería tan lícito poner la casilla de salida en la tormenta como en cualquier otro lugar de mi historia, lo cual me obliga a tomar una decisión lacerante: simplificar con el asunto de la dichosa tormenta y delatarme como un minusválido mental, o reconocer que una frase de esas que pueden adornar un libro de autoayuda, -chupaos esa: "Nada tiene un principio, cualquier cosa puede significar un principio. David Blasco (Dios)"-, es una estupidez como un piano. Meditando apenas unos segundos, he llegado a la siguiente solución de compromiso:


"Nada tiene un principio, cualquier cosa puede significar un principio: pero hay principios más estúpidos que otros. David Blasco (Dios)."

He elegido el siguiente principio como génesis de mi naufragio: juzgad su grado de estupidez y así sabréis ya con quién estáis tratando:

Amanecieron los noventa y supimos que el sol no era un disco amarillo pintado en el cielo. Sí, así lo habían vendido, pero el optimismo vacuo vitalista de los ochenta, de colores fosforitos, melodías ligeras enlatadas en sintetizadores, cocaína a serones, bolsillos prestados por Mario Conde y chaquetas de Sony Croquet, sólo eran la imagen de un éxito tramposo y efímero: un bonito sol como un disco amarillo pintado en el cielo.

Amanecieron los noventa, se acabó lo que se daba, el sol es el sol, sin más: el sol luce imponente en el cielo pero, si te despistas, te tatúa un melanoma en la piel. Nacimos a mediados de los setenta y la publicidad nos convirtió en los JASP, jurándonos la tierra prometida del caballero del tabique de titanio si hincábamos los codos, si nos zampábamos a cucharadas las oportunidades que nuestros padres ni olieron. Intuíamos la mentira: los ochenta no fueron más que una masa de mierda insípida que nos iba a reventar en el paladar. Nuestros padres, ofuscados por el feliz colorín en 1,85:1 del Reaganomics, se deslomaron para calzar a sus cachorros zarpas con las que arramplar ese pastel dulzón llamado mercado. Demasiadas zarpas para tan poco pastel, demasiado simulacro de genio abocado al ostión, demasiado peso sobre los hombros de jóvenes que esquilmaron las humildes arcas familiares en un proyecto de nada, demasiada Ley 14/1994, demasiado becario con contrato de "te prometo", demasiado trabajo a tiempo parcial ocupando tiempo completo, demasiado "te pago en párrafo de curriculum, que la pasta ya llegará".

Entonces muchos ya no elegimos nuevos héroes. Los héroes no nos representaban: eran un disco amarillo pintado en el cielo. Nos fascinaban a los antihéroes, esos que se cortaban una mugrienta melena para no ensuciarla con sus sesos reventados tras escribir una carta a Boddath, que bailaban a ritmo de "Little Green bag" frente a un policía torturado, o que trabajaban a destajo en la segunda Estrella de la Muerte para terminar siendo víctimas colaterales y silenciosas del ataque de la Alianza Rebelde.

Hasta aquí la historia oficial de la Generación X (la publicada y mercantilizada). Voy a ser sincero: no conozco a nadie de la Generación X, no existió. Ese tema tan plagado de estereotipos y medias verdades estuvo muy bien para vender el Renault Clio, pero ya aburre. Decir que perteneces a los JASP o a la Generación Nocilla es quedarse en la zona de confort, y ya va siendo hora de afrontar que los noventa, para la juventud, no fueron exactamente así. Ya va siendo hora de emprender un retrato de la generación que nunca existió. Ese es mi principio, pertenecer a una generación inexistente, por eso estoy aquí.


*No hablo solo, aún. No llamo a la isla con un nombre pronunciable o grafiable, es una imagen mental que me asalta cada vez que mi sesera se refiere a ella. Quizá un sentimiento poco específico.


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