miércoles, 12 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #2

Gusanos luminosos que poblaban la isla (David Blasco 2011)
El invierno de 2010 es largo, aún alcanza hasta el marceo de este mayo de 2011. El primer coletazo de la estación me arrastró hasta esta isla. Así tu mano en medio de la vis tempestatis, por inercia, sabiéndolo un acto ya derrotado. Pudo ser cualquiera anterior, también cualquiera posterior, pero fue esa ola, sólo esa, la que te arrancó de mí hasta no sé qué lugar. Quebrado mi ánimo, me procuré una necesaria pérdida temporal de conciencia; me supe SER de nuevo cuando desperté varado entre rocas mojadas; náufrago me supe a continuación.

Al abrigo de una fina lluvia helada, ayer contemplé el mar agitado, plomo líquido fundido con el cielo, sin horizonte. A mi espalda la isla. La isla es chica -hembra y pequeña-, yo viajero; estando en la naturaleza del viajero partir, y tan chica siendo la isla, sólo cabe aquí un largo viaje, una ruta hacia hacia el centro, no de esta tierra, a mi centro. No niego nunca la naturaleza, sólo necesito una señal para partir.

LA SEÑAL. Anoche, creyéndose sigilado por el novilunio, el mar devolvió de algún naufragio una lámpara de sal y cientos de astillas de carbón. Al sol frío de esta mañana he secado las astillas y, antes del anochecer, atrapé diez luciérnagas* ahora confinadas en la lámpara de sal; junto a las cortezas pálidas de unos árboles, en adelante seré dueño de noche, candil, lápiz y papel: pasaportes de escritor.


*Como no sé qué coño comen, no las mantendré encerradas. Cada mañana las liberaré y, al atardecer, cazaré otras diez que sirvan de candela. 


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