jueves, 27 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #8

Is There Anybody Out There? There?  There? There? …ere?...ere?…e?...e?...
¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...
Is There Anybody Out There? There?  There? There? …ere?...ere?…e?...e?...
¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...
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¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...
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¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...
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¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...
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¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...
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¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...
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¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...































































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¿Hay alguien fuera de aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿…qui? ¿…qui? ¿…i?¿…i?...

























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miércoles, 26 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #7

Saturno devorando un hijo (Francisco de Goya)
Durante un tiempo, bajo el abrazo asfixiante de la soledad, me fabriqué un amigo: mi pene. Deambulando por la isla, mantenía apasionados diálogos con Jaime (así se llama, él mismo se presentó). Deseaba de forma rayana en la obsesión no ser objeto de su abandono, era la pieza maestra que cimentaba la salud de mi equilibrio mental.

Jaime ahuyentó esa suerte de horror vacui que puede perturbar al hombre solo. Ambos nos espantamos el fantasma del miedo a no tener compañía, nos volvimos egoístas: nos sabíamos inseparables ¿para qué tanto esfuerzo en el cuidado mutuo? Los diálogos, cada vez más breves, se fueron rodeando de silencios de indiferencia; los silencios de indiferencia se fueron rodeando de pinceladas de recelo.

Sentado junto a un fuego crepitante de oxígeno y madera medio húmeda, se abrió mi mente: fue el miedo a que me abandonaran, y no yo, el que eligió a Jaime como amigo para acompañarme; se trataba de alguien muy unido a mí, cabal y piedramente* inescindible. Yo podía haber elegido mil cosas efímeras en calidad de amigo, cosas bellas e interesantes: los escarabajos, las estrellas, una ola, el viento, un montículo de arena, un escupitajo al cielo…, y esas cosas tan bellas e interesantes habrían sido camaradas de verdad, aunque el tiempo los alejara de mi lado sin remedio. Abierta mi mente, donde un día hubo pinceladas de recelo, emergió el odio.

Entonces urdí mi plan. Cuando Jaime durmiera -y lo hace a menudo al cobijo de la penumbra de la hoguera en la noche-, desenterraría esa hoja afilada de sílex que tallé durante semanas para que fuera capaz de cortar como acero japonés, la haría enrojecer al calor, y luego lo tajaría de mí para lanzarlo a las olas.

Anoche fui libre frente a la mar.

*-mente: [...]Las rígidas reglas de selección que, en la lengua estándar, gobiernan el procedimiento de formación de palabras mediante el sufijo -mente son, sin embargo, transgredidas con cierta frecuencia en determinados registros idiomáticos (lengua literaria, habla coloquial, publicidad, etc.). Así, no es difícil encontrar en tales ámbitos lingüísticos formaciones adverbiales inéditas cuya base léxica no sólo viene representada por un adjetivo calificativo refractario a tal sufijación (p. ej. los que denotan "color" o "forma física") o un adjetivo relacional, sino que puede corresponderse con otra categoría distinta del adjetivo (sustantivo, verbo, etc.), tal como puede observarse en esta muestra de ejemplos "que en las tinieblas azulmente crece" (M. Hernández); "Tan verdemente pensativo" (Dámaso Alonso) "aquí rompen/redondamente y quedan mortales en las playas" (V. Aleixandre)[...] (THESAVRVS Tomo XLVI Mayo-Agosto de 1991 Número 2 pg 186 y 187)



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domingo, 23 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #6

Butterflies (M.C. Escher 1950)
Tuve una reunión con toda la flora y fauna de la isla. Ahora me alimento de insectos, todo el día. Las plantas no son de fiar y llegué a un pacto de no agresión con el resto de animales. Representando a su especie, desde el principio los mosquitos no cumplieron.

Es laborioso juntar medio kilo de bichos para llenar el estómago. Lo más nutritivo son las lombrices de tierra (lo sé, no son insectos y yo tampoco cumplo representando a mi especie: es de esperar una represalia por su parte y, por eso, duermo ligero). Sin embargo, lo más duro no es pasar el día localizando termiteros, levantando piedras, escarbando la tierra, arrancando corteza de árbol, metiendo pajitas en agujeros… lo duro ha sido ir conociéndolos. 

Cuando estoy bien alimentado, enlato los de naturaleza rastrera mientras aguardo al hambre, pero al abrir las latas de pintura y verlos correteando en círculos, desesperados por alcanzar la libertad, me asalta el síndrome de Estocolmo. Son de una belleza compleja y delicada, supervivientes perfectos de los que mucho tengo que aprender aquí, y me niego ese conocimiento cada vez que les hinco el diente. Entonces observo embelesado como las gaviotas se atracan de pescado pútrido a pie de mar, o picotean con fruición una rata hinchada ya sin ojos y me doy cuenta: la perfección en la naturaleza está en esa forma de cerrar el círculo, en la interacción del carroñero con lo muerto, lo inánime entregándose a la vida sin sufrimiento de por medio. Cuando eso sucede, libero los insectos secuestrados y huyen despavoridos isla a dentro: el acto compensa mi hambre.

He intentado comer carroña, es una mierda.

martes, 18 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #5

Mi pie desnudo. (David Blasco 2005)
He conservado las pantuflas hasta hoy. Lo leí en algún manual de supervivencia, o creí leerlo: es importante no llevar los pies desprotegidos. Hoy ya puedo reconocerlo: caímos a la mar y sí, solté tu mano porque se me escapaba una de las pantuflas. Lo siento. Nena, debía recuperarla: eras o tú o la pantufla, el libro de supervivencia lo decía bien claro; qué coño, tú ni aparecías en ese libro para sobrevivir ¿entiendes?

Las dos primeras jornadas parecía que aguantaban el trote pero, no pasada ni una semana, el salitre había convertido su guata en una especie de cuero reseco que se descascarillaba a cachos. Luchando por tapar los agujeros, iba atando algas con forma de cinta alrededor del calzado. Progresivamente, cada pinrel ha ido presentando más alga y menos babucha. Ayer mi calzado consistía en unas suelas de goma amarradas a mis pies mediante ese pelo del mar que, por otra parte, corta la piel que da gusto. Hoy lo he mandado a tomar por culo.

Este mensaje servirá para informar de mi decisión: a partir de hoy, caminaré descalzo. Parece que atenta contra algunos cánones de la supervivencia, sin embargo no lo creo; durante cinco años, contra esos mismos preceptos parecían ir cosas como soltar tu mano, pero cielo, aquí me hallo.

lunes, 17 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #4

El mar riéndose de mi. (David Blasco 2017)
Escribir tiznando la corteza de los álamos con astillas de carbón da problemas: al lanzarlas al agua se emborronan las letras y mi sustituto de papel parece la cara de un boxeador, no una fe de vida. Cada vez que eso sucede, la mar se ríe de mí, literalmente. Ayer, después del tiempo que dura un ciclo menstrual, debió decidir que la broma ya no le hacía gracia. Cuando, lámpara de sal en mano, iba a cazar las diez luciérnagas de cada día, en una cala aparecieron decenas de latas de pintura, herrumbrosas pero funcionales. El contenido alifático de estos recipientes parece aguantar bien la humedad cuando se seca sobre la madera y, lo que es más importante, el disolvente parece muy eficaz alterando mi cognición.


Anoche me sentí emocionado con la liturgia previa a escribir. No era poca cosa ir a redactar el primer mensaje que quizá pudiera llegar a algún destino. 

Liturgia:

  • Tai chi bajo la luna (24 movimientos). 
  • Recuerdo una y otra vez tu nombre porque eres la mujer de mi vida: Violeta, Susana, Clara, Yolanda, Patricia, Mónica, Celia, Almudena, Rosa, Isabel, Ana, María, Noelia, Silvia, gato, Lidia, Belén, Alicia, Cristina, Eva, Irene, Lorena, Sara...
  • Lloro a los animales que he matado durante el día.
  • Nado desnudo unos segundos en el mar helado para expiar pecados.
  • Me seco bailando en círculos alrededor de una hoguera –ya soy capaz de hacer fuego, lo de las luciérnagas es por no romper una vieja tradición de semanas y por no perder de vista mis orígenes.
  • Preparo una infusión con hojas de matorrales que no exhiban un aspecto demasiado amenazante –al azar.
  • Me enfrento al vértigo de la corteza en blanco desde mi mente en blanco.
Ahora, medio reparado con un duermevela, repaso lo que escribí anoche:

Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas, Iria cuenta estrellas.


Es lo que hay, a la mar.

sábado, 15 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #3

Ideograma de la isla. El sol al fondo. (David Blasco 2003)

He bautizado la isla, se llama ( )*. En los mapamundi tendrá su nombre, quizá desde hace siglos; aquí me permito ser la medida de todas las cosas, y a mi ombligo se la suda que miles de millones de humanos puedan acceder a información veraz y pudieran llegar contrastar su dato probado con el mío: la isla se llama ( ), nadie ahora puede rebatirlo y, si alguien llegara a hacerlo implícitamente al nombrar esta tierra por su nombre legítimo, yo no podría saberlo, así que el tema está zanjado: ( ).

Llevo días pensando cómo he llegado a ( ). Lo evidente sería descargar toda la culpa en aquella tormenta violenta; creed que me tienta porque, en situación de supervivencia, es una forma de ahorrar energía. Sin embargo, no pienso delatarme -aún- como un minusválido mental, de modo que voy a intentar razonarlo evaluando la cadena de acontecimientos que me arrastraron a esta situación, a este lugar y a este momento. Nada tiene un principio, cualquier cosa puede significar un principio. Reconozco que esta última frase me tiene jodido, porque destila mucha fuerza y no quiero quitarla del texto; el problema es que significa que sería tan lícito poner la casilla de salida en la tormenta como en cualquier otro lugar de mi historia, lo cual me obliga a tomar una decisión lacerante: simplificar con el asunto de la dichosa tormenta y delatarme como un minusválido mental, o reconocer que una frase de esas que pueden adornar un libro de autoayuda, -chupaos esa: "Nada tiene un principio, cualquier cosa puede significar un principio. David Blasco (Dios)"-, es una estupidez como un piano. Meditando apenas unos segundos, he llegado a la siguiente solución de compromiso:


"Nada tiene un principio, cualquier cosa puede significar un principio: pero hay principios más estúpidos que otros. David Blasco (Dios)."

He elegido el siguiente principio como génesis de mi naufragio: juzgad su grado de estupidez y así sabréis ya con quién estáis tratando:

Amanecieron los noventa y supimos que el sol no era un disco amarillo pintado en el cielo. Sí, así lo habían vendido, pero el optimismo vacuo vitalista de los ochenta, de colores fosforitos, melodías ligeras enlatadas en sintetizadores, cocaína a serones, bolsillos prestados por Mario Conde y chaquetas de Sony Croquet, sólo eran la imagen de un éxito tramposo y efímero: un bonito sol como un disco amarillo pintado en el cielo.

Amanecieron los noventa, se acabó lo que se daba, el sol es el sol, sin más: el sol luce imponente en el cielo pero, si te despistas, te tatúa un melanoma en la piel. Nacimos a mediados de los setenta y la publicidad nos convirtió en los JASP, jurándonos la tierra prometida del caballero del tabique de titanio si hincábamos los codos, si nos zampábamos a cucharadas las oportunidades que nuestros padres ni olieron. Intuíamos la mentira: los ochenta no fueron más que una masa de mierda insípida que nos iba a reventar en el paladar. Nuestros padres, ofuscados por el feliz colorín en 1,85:1 del Reaganomics, se deslomaron para calzar a sus cachorros zarpas con las que arramplar ese pastel dulzón llamado mercado. Demasiadas zarpas para tan poco pastel, demasiado simulacro de genio abocado al ostión, demasiado peso sobre los hombros de jóvenes que esquilmaron las humildes arcas familiares en un proyecto de nada, demasiada Ley 14/1994, demasiado becario con contrato de "te prometo", demasiado trabajo a tiempo parcial ocupando tiempo completo, demasiado "te pago en párrafo de curriculum, que la pasta ya llegará".

Entonces muchos ya no elegimos nuevos héroes. Los héroes no nos representaban: eran un disco amarillo pintado en el cielo. Nos fascinaban a los antihéroes, esos que se cortaban una mugrienta melena para no ensuciarla con sus sesos reventados tras escribir una carta a Boddath, que bailaban a ritmo de "Little Green bag" frente a un policía torturado, o que trabajaban a destajo en la segunda Estrella de la Muerte para terminar siendo víctimas colaterales y silenciosas del ataque de la Alianza Rebelde.

Hasta aquí la historia oficial de la Generación X (la publicada y mercantilizada). Voy a ser sincero: no conozco a nadie de la Generación X, no existió. Ese tema tan plagado de estereotipos y medias verdades estuvo muy bien para vender el Renault Clio, pero ya aburre. Decir que perteneces a los JASP o a la Generación Nocilla es quedarse en la zona de confort, y ya va siendo hora de afrontar que los noventa, para la juventud, no fueron exactamente así. Ya va siendo hora de emprender un retrato de la generación que nunca existió. Ese es mi principio, pertenecer a una generación inexistente, por eso estoy aquí.


*No hablo solo, aún. No llamo a la isla con un nombre pronunciable o grafiable, es una imagen mental que me asalta cada vez que mi sesera se refiere a ella. Quizá un sentimiento poco específico.


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miércoles, 12 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #2

Gusanos luminosos que poblaban la isla (David Blasco 2011)
El invierno de 2010 es largo, aún alcanza hasta el marceo de este mayo de 2011. El primer coletazo de la estación me arrastró hasta esta isla. Así tu mano en medio de la vis tempestatis, por inercia, sabiéndolo un acto ya derrotado. Pudo ser cualquiera anterior, también cualquiera posterior, pero fue esa ola, sólo esa, la que te arrancó de mí hasta no sé qué lugar. Quebrado mi ánimo, me procuré una necesaria pérdida temporal de conciencia; me supe SER de nuevo cuando desperté varado entre rocas mojadas; náufrago me supe a continuación.

Al abrigo de una fina lluvia helada, ayer contemplé el mar agitado, plomo líquido fundido con el cielo, sin horizonte. A mi espalda la isla. La isla es chica -hembra y pequeña-, yo viajero; estando en la naturaleza del viajero partir, y tan chica siendo la isla, sólo cabe aquí un largo viaje, una ruta hacia hacia el centro, no de esta tierra, a mi centro. No niego nunca la naturaleza, sólo necesito una señal para partir.

LA SEÑAL. Anoche, creyéndose sigilado por el novilunio, el mar devolvió de algún naufragio una lámpara de sal y cientos de astillas de carbón. Al sol frío de esta mañana he secado las astillas y, antes del anochecer, atrapé diez luciérnagas* ahora confinadas en la lámpara de sal; junto a las cortezas pálidas de unos árboles, en adelante seré dueño de noche, candil, lápiz y papel: pasaportes de escritor.


*Como no sé qué coño comen, no las mantendré encerradas. Cada mañana las liberaré y, al atardecer, cazaré otras diez que sirvan de candela. 


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martes, 11 de abril de 2017

Despacho de un náufrago #1

[¡Ojo, spoiler!] El náufrago a su vuelta

En agosto del año 1974, tras millones de siglos de selección natural, nazco imperfecto. Visto un reloj que siempre marca la hora exacta diez minutos más tarde de la justa. Sin embargo, mientras escribo, la tiranía del tictac sucumbe a la de la imaginación. Habito un espacio donde el tiempo se vuelve plástico: puedo condensar una vida en diez segundos o existir horas en un fugaz escalofrío; puedo madurar las ideas en un presente infinito, construir un pasado real desde cualquier ahora o convertir mi voluntad en única soberana del destino. Escribir es esa singularidad de mi existencia donde no corro tras el tiempo para jamás alcanzarlo. Aquí, mientras revuelvo el vestidor de palabras, me sereno del resto de mi existencia: es un espacio íntimo, seguro, mi verdadero hogar.


Podría exponer una cronología de mi formación académica, de mis obras, hitos y metas; podría exhibir un escaparate de méritos a fin de demostrar cuán capacitado estoy para para sacudir los sumideros, arquetas, albañales y cloacas de su alma; pero no lo haré, no vine ni a comprarles ni a venderme: novelo para invitarles. Permitan que me desnude con la única verdad: soy escritor porque, de lo contrario, viviría sin hogar. Aquí está mi hogar, son bienvenidos.